Évora, la ciudad portuguesa de las tres murallas


Es una auténtica joya portuguesa, de entre las muchas que posee nuestro país vecino. Cuando pienso en la cantidad de tesoros que guarda, me maravillo de lo poco que conocemos Portugal. Hablo de los españoles, entre los que no me parece que esté demasiado extendido viajar al país luso.

En cualquier caso, si tú puedes y te apetece, no te limites este verano a conocer Lisboa (¡otra maravilla!) y recorre un poco más a fondo la geografía portuguesa. Así podrás descubrir pequeñas ciudades como Évora, que te parecerán mágicas. Histórica, profunda, cultural y enrevesada. Así es esta ciudad de callejuelas estrechas en las que aún se deja sentir el legado de romanos y musulmanes.

Retazos de historia


Es tal su belleza que fue declarada, de forma totalmente merecida, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. El centro es una compleja red de calles estrechas fruto del urbanismo árabe, dicen los expertos. Buscar en Évora restos del paso de los romanos, visigodos o musulmanes puede convertirse en toda una experiencia.

Siglos atrás, los romanos extendieron su dominio en la zona. Ellos construyeron en Évora la primera muralla de la ciudad, la cerca velha, de la que apenas quedan algunas puertas, a pesar de que fue conservada por los pueblos visigodos y árabes que llegaron después. La Porta da Moura es uno de los vestigios. Otro resto romano que queda en la ciudad es el Aqueduto da Aqua da Prata, con más de 15 km. de longitud, en muy buen estado gracias a la remodelación que sufrió en 1552.

En el siglo XIV se construyó una segunda muralla, a la que se llamó cerca nova, con un perímetro de casi 4.000 metros, del cual se conserva una buena parte. Y más tarde, en el siglo XVII, se levantó la tercera muralla, cerca novíssima. Por eso a Évora se la conoce como la ciudad de las tres murallas.

Évora vivió su época dorada entre los siglos XV y XVI cuando los reyes portugueses la eligieron como residencia real y era considerada la segunda ciudad del reino. A partir de entonces comenzó una lenta decadencia, un letargo del que parece no haber despertado. Eso sí, su belleza permanece intacta.

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