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Marruecos, un país lleno de encantos y misterio

Para los que aún no sepan que hacer estas vacaciones, Marruecos se revela como una alternativa asequible, económica y, además, con buen tiempo asegurado. Compañías a bajo coste como Ryan Air o Easy Jet, ofrecen vuelos a precios regalados a ciudades como Marrakech o Casablanca desde distintas localidades españolas.

Casablanca, conocida por la película homónima de Víctor Fleming, es un punto de partida idóneo para las personas que quieran conocer la pobreza y miseria del país. Ofrece una visión más realista que la de otras ciudades más enfocadas al turismo como Fez, Rabat o Marrakech.

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Sin embargo, no deja de ser, en opinión de muchos, una ciudad oscura, sucia y con muchísima pobreza. El buque insignia de la ciudad es, sin duda alguna, la Mezquita Hassan II, el monumento religioso más grande del mundo después de La Meca y abierto a todos los turistas (aunque no sean musulmanes).Aunque diseñada por un arquitecto francés, todos los materiales utilizados de su construcción son autóctonos.

La Mezquita, que fue construida en conmemoración del 60 cumpleaños del rey Hassan II, puede acoger entre su interior y exterior más de 100.000 personas. Su minarete, el más alto del mundo, es visible desde muchos kilómetros alrededor.

La avenida de Mohammed V, que viene a ser algo así como la Gran Vía madrileña, recoge pequeños hoteles y restaurantes donde comer los platos típicos, como el pescado frito (con las manos), o la langosta. No debemos olvidar que Casablanca es el principal puerto del país y la calidad de su pescado es inmejorable.

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Una vuelta por La Corniche (paseo marítimo) o cualquiera de las dos medinas, la nueva o la antigua, son igualmente aconsejables. Pero, sin duda alguna, para los románticos no puede faltar una visita al Rick’s Cafe, donde rememorar la mítica frase –nunca dicha- de “Tócala otra vez, Samâ€

Proseguimos viaje hacia Marrakech, no sin antes recomendar al viajero que procure, siempre que sea posible, hospedarse en alojamientos de 4-5 estrellas (la calidad no es comparable a la de hoteles de otros países), no beber agua, verduras crudas o fruta sin pelar y, sobre todo, ir dispuestos a respetar las costumbres ajenas.

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Es difícil hacer alguna recomendación sobre Marrakech, puesto que todo él es recomendable. Para los que vayan con poco tiempo, que no se pierdan la plaza de Jemaa el Fna y sus zocos. Un universo de colores y sensaciones difícil de encontrar, incluso en otras localidades marroquíes y que constituye el centro neurálgico de la ciudad.

La plaza, que es un vivo reflejo de las plazas del medievo, es lugar de encuentro de vendedores, músicos, acróbatas y un espacio fascinante a la caída de la tarde. El zoco de Semmarin, cercano de la plaza, es ideal para oler, admirar y disfrutar regateando. ¡Ojo!. En Marruecos el regateo es práctica habitual, así que no está de más hacer los mismo que los autóctonos.

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Las murallas, con sus puertas impresionante de Bab Doukkala, Bab el Themis, Bab El Jadid, Bab el Debbah, Bab er Robb y Bab Agnau, son otro de los monumentos dignos de ser vistos en la ciudad, al mismo tiempo que son difíciles de no ver.

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El palacio real o Dar El Makhen constituye otro de los edificios dignos de ser vistos. Sin embargo, poco tiene que ver con los palacios europeos comunes. De origen almohade y posteriormente agrandado y embellecido por las dinastías posteriores, sus joyas son el Mechouar (patio de armas) y el Gran Mechouar, donde tenían lugar distintas clases de eventos.

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Por último, no podemos olvidarnos del paisaje de grandes contrastes de la ciudad. Los jardines como el de Agdal o de la Menara, con sus estanques, palmerales y todo tipo de vegetación semi desértica contribuyen al colorido y viveza de Marrakech, lo que demuestra que Marruecos es mucho más que mezquitas.

Y si queremos proseguir más viajes por otras ciudades imperiales o fortificadas, o incluso adentrarnos en el desierto, recomendamos fehacientemente utilizar el tren. No sólo es rápido, sino también muy barato, no acumula retrasos y se viaja más cómodamente que en autobús. Eso sí, no merece la pena viajar en primera, puesto que no hay grandes diferencias con respecto a la clase más económica.

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    playa.jpg La zona del Algarve portugués es conocida por la belleza de sus playas y de su naturaleza, plagada aún del encanto de antaño y de aires románticos y por descubrir. La capital de la región, Faro, es el hogar de la laguna de Ría Formosa, de una reserva natural de más de 170 kilómetros cuadrados y un lugar por el que pasear al atardecer.

    Lugar al que encontrar billetes de avión a bajo precio y donde el alojamiento es francamente económico, mejor acercarse en temporada baja que en primavera y verano, donde el lugar no sólo es extremadamente caluroso, sino además, está plagado de turistas atraídos por la belleza de la ciudad procedentes de todos los países europeos.

    Una recomendación: el coste del taxi del aeropuerto a la ciudad no es excesivo, así que si no se quiere esperar al autobús de línea (de horarios irregulares), mucho mejor optar por uno de ellos.

    pescadores.jpg Una vez en la ciudad, es recomendable no salir “pitando” hacia las playas (situadas a 7 kms. de la ciudad) y quedarse en el centro disfrutando del aroma de sus gentes y sus calles, comiendo una buena mariscada o disfrutando de sus tradicionales pollos y carnes a la brasa.

    Los múltiples bares en las inmediaciones del Puerto Deportivo, son buena opción tanto para el día como para la noche. Ahora bien, están encaminados al turismo y son mucho más caros (y malos) que si nos adentramos por las callejuelas no tan cercanas. Son sin embargo, una opción no demasiado cara y segura. El pescado fresco es inmejorable y una buena prueba de ello es la Cataplana, el plato típico de la región, compuesto a base de distintas clases de pescado y marisco frescos.

    Agrada la tranquilidad y simpatía de las gentes del Algarve. La amabilidad de los trabajadores de las Oficinas de Turismo a buen seguro sorprenderá. Gracias a las oficinas, podrás conseguir toda la información que necesites sobre Faro, El Algarve e incluso Portugal al completo simplemente con pedirla. Un ejemplo a seguir por otras ciudades europeas.

    imagen083.jpg Visitar Faro implica recorrer sus calles, no sólo la Ría Formosa, sino también el Puerto Deportivo y el Centro Histórico o Ciudad Velha. Ocupada por romanos y los visigodos, fue en el siglo XV una próspera ciudad con una población judía activa y numerosa.

    Sus pintorescas murallas dan lugar a calles y plazas empedradas y tranquilas donde hay una peculiar mezcla de estilos, especialmente el neoclásico. Romano, visigótico, árabe, románico, gótico, son otros de los estilos que se pueden apreciar en las distintas calles, donde la tranquilidad armoniosa convive con turistas, gatos callejeros, y unos pocos pobladores autóctonos.

    iglesia2.jpg Otro de los atractivos de faro son las iglesias, famosas por sus trabajos de tallas de madera y su estilo que para nosotros sería “colonial”, blancas paredes con interiores de un dorado deslumbrante.

    Por último, la vida nocturna de Faro, alentada por la zona comercial y que se desarrolla fundamentalmente en la Rúa do Prior, con bares y discotecas que abren casi todos los días, animados por el ambiente universitario. Dux, de música house, Disco, ultramoderno y formal o la Gàleria Bar Patrimonio, gozan de gran aceptación.

    Un punto de partida inigualable antes de adentrarse en la belleza del Algarve.

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    Según Wikipedia “la villa de Madrid es la capital de España, de la provincia de Madrid y de la Comunidad de Madrid. Con una población según el censo de 2006 de 3.128.600 habitantes y 3.205.334 según el padrón municipal de 2006 (5.843.031 contando su área metropolitana), es la mayor ciudad del país y la tercera área urbana de la Unión Europea.”

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    La majestuosidad de sus calles más céntricas, la Gran Vía, el Barrio de Salamanca, el Madrid de los Austrias, nos recuerdan a nuestro paso los momentos más brillantes de esta ciudad que tiene influencias árabes, judías y cristinas. Capital del reino desde que Felipe II lo decidió en 1561, es, hoy por hoy, una asombrosa mezcla del cosmopolitismo con centros neurálgicos como la Castellana o edificios significativos como las Torres Kio y la tradición en sus zonas más bellas y en su mayoría peatonales.

    Para poder disfrutar de sus tapas, sus clásicos bocadillos de calamares y el casticismo más absoluto, el visitante de Madrid deberá buscar un alojamiento próximo a la Puerta del Sol. Cualquiera en las líneas 1,2, 3 ó 5 de metro puede ser una buena opción. Importante sacar uno de los distintos abonos si se va a utilizar mucho el trasporte público.

    Puerta del Sol

    La Puerta del Sol o Km. 0 es el centro absoluto de Madrid. Cerca, o muy bien comunicada con ella, se encuentran las principales atracciones de la ciudad. Conocida por retransmitirse desde su reloj desde los comienzos de la televisión las 12 campanadas, el luminoso de Tío Pepe o el Oso y el Madroño, sus calles siguen siendo lugar de compras. Se puede comenzar la jornada en la la Confitería La Mallorquina. Nada especial que recomendar puesto que absolutamente todo es recomendable.

    Cerca, en la calle Arenal, se encuentra una placa en homenaje al Ratoncito Pérez, el mítico personaje de cuento infantil que se supone que vivió en esa calle. ¡Ojo! la placa se encuentra en un lugar elevado, así que hay que ir mirando para poder encontrarla. Las malas lenguas dicen que el olor de los pasteles era la razón de que viviera allí, aunque en realidad el peculiar roedor nació de un cuento escrito por el Padre Coloma para Alfonso XIII cuando éste aún era niño.

    Volviendo a nuestro punto de partida, podemos subir por la archiconocida Calle Preciados, conocida por sus tiendas y su animado ambiente lleno de músicos ambulantes, llegamos a la Gran Vía, lugar animado de teatros y cines y que nos lleva hasta la Plaza de España, uno de los lugares donde los grandes edificios conviven con los parques y la belleza de los edificios históricos.
    Muy próximo a la Plaza de España, se encuentra el Templo de Debod, en el paseo del Pintor Rosales. Regalado por Egipto en 1968, el templo tiene más de 2200 años. Fue construido por el rey nubio Adikhalamani de Meroe estuvo dedicado al culto de dioses egipcios Amón e Isis. Posee importantes añadidos de época ptolemaica y romano-imperial (siglo I aC y II dC). Desde ahí, también podemos aprovechar para visitar el Palacio Real, si bien, esta visita también puede añadirse al paseo por La Latina y el Madrid de los Austrias.

    Volvemos de nuevo a la Puerta del Sol y aprovechamos para bajar por la controvertida Calle Montera. Lugar emblemático que cuenta con varios establecimientos de compras, cuenta también, con el mayor centro de prostitución de la ciudad. Desde ahí, merece la pena atravesar la Puerta del Sol volver sobre nuestros pasos y siguiendo por la Calle Mayor (paralela a Arenal), para adentrarnos en la Plaza Mayor.

    Plaza Mayor

    Lugar de encuentro de turistas, artistas y paseantes, la Plaza Mayor de Madrid y su estatua ecuestre de Felipe III. Desde ahí, tenemos dos opciones, seguir por La Latina y el Madrid de los Austrias, o bien, desde la Plaza de Jacinto Benavente, adentrarnos en el mítico -y polémico- barrio de Lavapiés.

    Elegimos la primera opción para visitar el Madrid más aristocrático y, de paso, tomarnos algo en cualquiera de los restaurantes o lugares de tapeo de La Latina. La Plaza de la Paja o la Plaza de la Villa, hoy sede del Ayuntamiento, son algunos de los lugares destacados de esta zona, cuyos edificios conservan aún el encanto de antaño. Si conseguimos hacerlo coincidir con la Verbena de la Paloma, que tiene lugar a mediados de agosto, podremos disfrutar del madrid más castizo.

    Si nuestra visita es además en domingo, podemos aprovechar para visitar el afamado Rastro, cuyos centros neurálgicos son la Plaza de Cascorro y la calle Ribera de Curtidores. Ahí se puede comprar de todo, desde un enchufe, hasta un bocadillo, pasando por ropa interior, antigüedades… Merece la pena dedicar al menos un par de horas en perderse por los distintos puestos, buscando lo más afín a nuestros gustos. Se pueden encontrar grandes gangas pero, no es habitual. Sin embargo, comerse unas sardinas, caracoles o paella en cualquiera de los bares, aderezados por una buena caña, suele ser una de las mejores opciones. Y, lo bueno, es que por las calles de la Ruda y Santa Ana, el ambiente se asemeja al de un bar de copas a las 2 de la madrugada.

    Si esto no es lo que buscamos, mejor dar media vuelta hacia la plaza de Tirso de Molina y bajar hacia el barrio de Lavapiés, un barrio peatonal y clásico que hoy es núcleo de bohemios, inmigrantes y madrileños de toda la vida. Considerado como ejemplo de anti-ghetto, debido al número de nacionalidades que en este núcleo reside, Lavapiés es sólo apto para mentes abiertas. A pesar de la mala fama que tiene, no es para nada peligroso. Con gran vida cultural, redes de teatros (especialmente el Reina Sofía, para amantes del arte contemporáneo, al final de la Calle Argumosa), la Filmoteca Nacional, el Circo estable y miles de entretenimientos más, Lavapiés es ideal para aquel que quiera adentrarse en los olores y sabores de culturas como la pakistaní, china, gitana, castiza, marroquí, senegalesa… en plena convivencia.

    Los Mayos

    Sin embargo, el mestizaje convive también con las formas más clásicas. A las fiestas de San Cayetano, de Cascorro y de La Paloma, se suma otro acontecimiento, los Mayos, una fiesta que data del siglo XVI y que se organizaba a principios de mayo para celebrar la llegada del buen tiempo. Tradicionalmente se celebraba en todos los barrios de Madrid pero en el primer tercio del s.XX la fiesta se perdió definitivamente . En 1988, gracias al apoyo de la “Agrupación de Madrileños y Amigos Los Castizos” y otras dos asociaciones, se recuperó y, desde ese momento se celebra el primer domingo de Mayo en Lavapiés.

    También buen lugar en el que estar de un buen tapeo, una limonada en fiestas, o un buen plato de comida exótica (entendiendo exótica como de otras nacionalidades), Lavapiés concluye al sur en la Glorieta de Embajadores. Este es un buen punto para hacer un alto en el camino y dedicar un par de horas a hacer una ruta en autobús. Sí, en autobús, porque si cogemos el número 27, podemos recorrer, desde Embajadores, la Estación de Atocha, el Paseo del Prado, Recoletos y la Castellana hasta llegar a las Torres Kío.

    El Prado

    Bajando por la Castellana, (podemos optar por coger el mismo autobús, aunque si es hora punta mejor coger el metro hasta Banco de España) para llegar hasta el Museo Thyssen-Bornemisza, donde se puede disfrutar de las mejores colecciones de pintura occidental de todas las épocas, o el Museo del Prado, con los grandes clásicos como Goya o Velázquez junto con otros más internacionales como El Bosco.

    El Museo del Prado, para los amantes del arte, se merece un día completo de visita. Aunque exhaustiva, merece la pena. Y para los que prefieran el aire libre, el Parque del Retiro es un lugar idóneo para pasar el rato y disfrutar con el paisaje, dando unas vueltas en las barcas o, simplemente, descansar debajo de un árbol.

    El Retiro, creado por el Conde Duque de Olivares en el siglo XVII, ha pasado de ser un complejo de recreo real a un lugar donde ver un espectáculo de guiñol, descubrir el futuro a través de videntes, recibir un masaje chino, hacer tai-chi, practicar deporte o montar en barca. Todo un abanico de posibilidades que hace que familias enteras se congreguen allí a diario.

    Feria del Libro

    La tradicional Feria del Libro y las exposiciones en el Palacio de Cristal son otros de sus atractivos. Para los amantes de los libros, muy cerca del Retiro, en la Cuesta de Moyano (temporalmente trasladado por obras), se encuentran las populares casetas o librerías donde encontrar cualquier cosa descatalogada o deshacerse de los libros viejos está a la orden del día. Siempre plagado de visitantes, es otro de los lugares emblemáticos de la ciudad, desde el que rápidamente llegamos a la Estación de Atocha , en la que se puede disfrutar de un Jardín Tropical los 365 días del año.

    Es en los aledaños del Retiro donde se encuentra el comienzo del Barrio de Salamanca, otro de los barrios emblemáticos que constituyó, a finales del siglo XIX, el “ensanche” de Madrid gracias a una Real Orden de Isabel II. Un barrio elegante, caro y bonito en el pleno centro de la ciudad a día de hoy.

    Y ya por último, la vida nocturna. Para eclécticos, Lavapiés, con lugares como la calle Argumosa, o, a altas horas de la madrugada, El Juglar o el mítico local flamenco Candela. La Latina, con su Calle del Almendro para tapear, la carísima terraza de El Viajero (pero que merece la pena visitar por las vistas) o cualquiera de sus bares de copas.

    Tradicional botellonMuy próximo a estas zonas se encuentra también Huertas, enclavado en el Barrio de Las Letras. Partiendo de la Plaza de Santa Ana, el ambiente se asemeja al de cualquier otra ciudad a esas horas de la noche. El flamenco de Los Gabrieles o el mítico jazz del Café Central son muy buenas opciones.

    Para los más jóvenes, Alonso Martínez es una buena opción, destacando entre sus locales Capote. También Argüelles, con sus bares de universitarios y sus cada vez más controvertidos “bajos”. Para alternativos o nostálgicos de la “movida” de los 80, está el barrio de Malasaña, en los que disfrutar en el Loui-Loui o el Vía Láctea.

    Para gays y lesbianas, sin duda alguna, el barrio de Chueca, famoso por sus fiestas del “Orgullo Gay” y porque sus bares abren hasta el amanecer. El Clandestino o Liquid, y, para lesbianas, la discoteca Truco. La zona más selecta, la de la Avenida de Brasil, por último, nos abre camino a los ambientes más exquisitos con lugares como el Lolita o el Moby Dick, pero para eso, ya tendremos que haber salido del centro de Madrid.

    Por último, y, siguiendo las costumbres de la tierra. Nada mejor que terminar la noche desayunando un chocolate con churros o porras en la Chocolatería San Ginés, anexa a la Plaza Mayor, en el Pasadizo de San Ginés.

    ¡Espectacular!

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    Salamanca se distingue porque todo lo tiene por partida doble: dos catedrales, dos universidades, y dos vidas muy distintas. Junto con el ambiente habitual de una ciudad que se caracteriza por el turismo, en la capital charra convive también el ambiente estudiantil.

    Esto hace que sus fantásticos monumentos se vean aderezados con tunas, ambiente nocturno imparable, y una especie de “abierto 24 horasâ€.

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    Lo primero que ve el visitante que llega a Salamanca es el río y, al fondo, la maravillosa estirpe de la Catedral, que impone y reina en la ciudad. Conviene disfrutar de esas vistas, desde el otro lado del río (a ser posible desde el puente romano) y pasear antes de adentrarse por las calles de una ciudad que ha sabido conservar el sabor y el encanto de antaño.

    Estilos gótico y barroco predominan en sus calles, en las que es imposible no fijarse. El plateresco adorna la piedra amarilla de Villamayor, cuna de canteros y lentejas que, aunque poco refinadas, son exquisitas.

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    Lo primero en lo que ver son las catedrales. La Catedral Vieja, coronada por la Torre del Gallo, de estilo románico y cuyo Retablo Mayor fue pintado en 1445 por órden del obispo don Gonzalo Viveri, constituye toda una experiencia que concluye con la visita a la aneja Catedral Nueva. La renovada versión es un cúmulo de gótico, plateresco y neoclásico.

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    Salamanca es idónea para amantes de la arquitectura. Pero es más que eso. Muy próximo a las catedráles, en el Patio Chico, se alza la Casa Lis. Construida a comienzos del siglo XX, destaca por sus vidrieras en ventanas o el lucernario de la escalera central. Animada y colorida, la Casa Lis tiene en su interior la colección de Art Noveau y Art Déco de Manuel Ramos Andrade, lo que le confiere una especial interés. Los que tengan miedo a los muñecos de porcelana, mejor contentarse con el exterior.

    Ya callejeando de nuevo, la mejor opción es la Rúa Mayor. En el número 36 está una pastelería siempre llena de gente, la Croissanteria Paris, que te venden cualquier clase de croissant, napolitana o similar siempre caliente y relleno sobre la marcha a gusto del consumidor.

    Desde allí llegamos rápidamente a la calle compañía, con la Casa de las Conchas (hoy convertida en biblioteca), cuya construcción comienza en el siglo XV y concluye en el siglo XVIII con una ampliación. Los motivos de la fachada, conchas y flores de Lis, se deben a los escudos de Rodrigo Arias de Maldonado y María de Pimentel. Fue por su enlace matrimonial cuando la casa comenzó a construirse.

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    Frente a ella se alza otro de los edificios majestuosos de la ciudad, la Clerecía, el ejemplo más claro del barroco en España. Hoy en día, es la iglesia de la Universidad Pontificia de Salamanca, centro estudiantil por excelencia en la ciudad, cuna de conocimiento y también de belleza.

    Desviándonos un poco, por la calle Libreros nos encontramos con la famosa fachada plateresca de la Universidad. Y no es famosa por su estilo, sino porque en ella se encuentra la famosa rana, que entre calaveras, flores y todo tipo de adornos, se encuentra enclavada en la pared. La tradición estudiantil dice que, si empiezas a estudiar y encuentras la rana, tendrás suerte en tus exámes.

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    De nuevo en marcha para aproximarnos a la Plaza Mayor, que se alza majestuosa al final de la Rúa Mayor, claro prototipo de plaza barroca y que sigue siendo lugar de reunión como antaño. Merece la pena hacer un descanso en una de las múltiples terrazas (especialmente durante octubre, época de novatadas estudiantiles) en las que, a pesar del coste relativamente elevado, el visitante podrá ver, tranquilamente, la auténtica esencia de la vida en la ciudad.

    A pesar de que en la propia plaza y sus calles aledañas se encuentran muchos bares de tapas donde poder disfrutar de las bondades del cerdo salmantino (costillas, jamón asado, pinchos morunos, lomo…), lo mejor es dejarse llevar por lo que hacen los habitantes de la ciudad y salirnos del centro histórico hasta llegar a la calle Van Dyck, en cuyos alrededores se encuentran muchos bares de tapeo de lo mejorcito de la ciudad y restaurantes económicos (que no por ello malos).

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    Por último, en cuanto a la vida nocturna, son muchas las opciones. Para los más jóvenes, y que quieran disfrutar de beber y reír en la calle, la Plaza del Oeste es cita obligada. Si lo que se busca es un ambiente más alternativo, donde beber cerveza por poco precio, la elección está clara: la Plaza de San Justo (más conocida por la Plaza de San Costo entre los estudiantes). Por último, la Gran Vía, de ambientes más selectos y donde se puede bailar.

    En definitiva, una pequeña ciudad que nunca duerme.

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    Playas, monumentos megalíticos, zonas cuasi desérticas, comida mediterránea de primera calidad y, sobre todo, un precio más que asequible. Todo eso y mucho más nos ofrece Malta, un pequeño archipiélago frente a las costas africanas y que constituye una peculiar mezcla entre las culturas italiana, anglosajona (ya que fueron colonia británica) y tunecina.

    Situado al sur de Italia y al norte de Libia, su buen clima y la hospitalidad de sus gentes la convierten en un destino de excepción para aquellos que quieran conocer una nueva cultura sin invertir demasiado tiempo (ni dinero).

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    Tres islas principales, Malta, Comino y Gozo, son los principales atractivos. De todas ellas, Malta constituye la más importante. Es donde se encuentran todos los organismos oficiales. Cuidado con la zona de Malta que se elige. La mayor parte de las agencias de viajes ofrecen alojamientos en la zona de Sliema o St. Paul, de poco atractivo pero con lujosos hoteles y ampliamente dedicadas al turismo. Es mucho más interesante buscar alojamiento en La Valletta y, desde allí, desplazarse a donde sea necesario.

    autobus.jpgCentrar nuestro punto de operaciones en La Valletta tiene gran importancia, puesto que es el punto de partida de casi todas las líneas de autobuses y, ya que a muchos no nos agrada conducir por la dirección contraria y, además, las carreteras son muy malas, mejor dejarse seducir por el encanto de los antiguos autobuses americanos de los años 60 y 70, pagar unos céntimos, y desplazarse por el interior y las costas en ellos.

    A eso hay que sumarle que, si nos alojamos en las zonas “recomendadas”, tendremos poca oportunidad de conocer la belleza de las calles maltesas y de sus gentes. Malta es una ciudad con solera, cuna de la Orden de los Caballeros de Malta y de grandes fortificaciones de la era británica.

    comino.jpgSi vamos buscando playa y actividades acuáticas, es muy importante tener en cuenta que Malta continúa siendo un país muy católico, donde no sólo está prohibido el divorcio, sino que el ponerse en ‘top less’ es un delito. Así que mejor utilizar trajes de baños adecuados si no queremos llevarnos ningún disgusto. Fumar en los bares también está prohibido, sin embargo, muchos hosteleros se saltan la norma debido a que las pérdidas son más grandes que lo que les cuesta sobornar a la policía.

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    Para los que les guste el arte, los templos de Ggantija (Gozo) o Tarxien (Malta) son dos opciones incomparables. Para el callejeros, interesados en la vida y las costumbres maltesas, mejor pasear por La Valletta, o Rabat (también llamada Mdina y antigua capital del archipiélago). No es de extrañar que en Mdina el viajero sienta cierta similitud con ciudades como Salamanca… el arquitecto de la mayor parte de los monumentos pertenecía a la misma escuela y, pese a no poseer la dureza de la piedra de Villamayor, los bloques utilizados para la construcción se asemejan a los charros en cuanto a tamaño, apariencia y color.

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    Si bien Malta no destaca por sus playas, excepto algunas recónditas y la tumultuosa de Meliehah, la costa es espectacular. No olvidar visitar Blue Grotto, o cualquiera de los múltiples pueblos pesqueros, especialmente Marsaxlokk o las 3 ciudades (Vittoriosa, Senglea y Conspicua). Todas y cada una de ellas tienen su encanto.

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    Eso por no hablar de los paisajes marinos, especialmente en Gozo, la isla donde Calypso “secuestró” a Ulises. No es de extrañar que no quisiera volver. La Blue Lagoon, de cristalinas aguas turquesas y el paisaje en general no tiene desperdicio.

    En cuanto a comer, en Malta no hay ningún problema. Recomendables sus cervezas y vinos autóctonos, pescados frescos, quesos y verduras y hortalizas en general. La mayor parte de los restaurantes ofrecen buena comida a precios asequibles y es posible comprar fruta a modo de tentempié en cualquiera de los puestos callejeros.

    mdina2.jpgToda una experiencia inolvidable si te olvidas de los hoteles para turistas, los viajes programados y las playas repletas. Lo mejor, ir a tu aire, comprar una guía de Malta antes de ir y elegir la propuesta más acorde a tus inquietudes. Porque en Malta hay diversión para todos los gustos, incluso nocturna. No es difícil encontrar la marcha, sólo hay que seguir el sonido de la música.

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